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Política, economía y sociedad

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Después de un largo proceso articulado entre diferentes agentes, hemos empezado a alimentar el canal web del proyecto participativo Renovando Vila Clara, que estamos llevando a cabo en paralelo al proyecto Renova SP. Los medios están en portugués, pero esperamos que dentro de nada podamos contar mejor la historia también en castellano.

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La situación actual de la arquitectura

Hace unos días, Ana Gaitero, periodista del Diario de León, se puso en contacto conmigo porque estaba escribiendo un artículo sobre la situación actual de la arquitectura, y recordando el ya publicado sobre el Renova SP hace unos meses, me preguntó mi opinión al respecto.

Esto es lo que salió.

http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/situacion-actual-de-arquitectura_758651.html

Unos dicen que la situación general y de la construcción, desde una perspectiva económica, es catastrófica. Otros, guiados por un pensamiento positivo primo hermano del instinto de supervivencia, hablan de oportunidad en vez de crisis, sin pararse a pensar que desde esa perspectiva darwinista no existe una oportunidad para todos.

Además, la idea del crecimiento sostenido pudo estar bien durante una época, pero ha terminado por mostrarse intrínsecamente enferma en un mundo finito.

Personalmente, me he pasado casi toda mi vida profesional intentando integrar en mis proyectos cosas tan simples como colectores solares que ahorrasen energía para conseguir agua caliente. La realidad es que durante algo más de los dos primeros tercios —el código técnico llegó sospechosamente tarde e ineficaz—, el triángulo promotor/comprador/arquitecto, fue impermeable a esas cuestiones.

Generalizando, con el peligro que eso tiene, los promotores gastaban estrictamente lo que los compradores solicitaban, y éstos no pedían gran cosa por una mezcla de ahorro, especulación y falta de conciencia, en este caso ecológica, y nosotros, los arquitectos, evitábamos integrar esas «cosas» ya fuese por estar ensimismados por la belleza de nuestros proyectos, o por dejarnos llevar por la opinión de los clientes ante la posibilidad de perder nuestro trabajo.

Y así hemos llegado hasta hoy, en que «de repente» le hemos visto las orejas al lobo y hemos empezado a echar la culpa a nuestros políticos, que la tienen y mucha, pero que no dejan de ser un reflejo u origen, ahí cada cual, de las sociedades que los elegimos.

Por mi parte, he conseguido sobrevivir a esta ola de construcción sin que me haya devorado por no pensar como ella, y ahora que a lo que me dedico (sostenibilidad aplicada a arquitectura y urbanismo), aunque mal y tarde, se está comenzando a tener en cuenta, nuestro estudio, INTERURBANO, ha ganado dos concursos en el último año, uno en Sevilla y otro en São Paulo.

Teniendo en cuenta que la palabra crisis en medicina habla de un cambio brusco en el enfermo, hacia la mejoría o hacia la gravedad, pienso que no es inteligente alargar la agonía de una manera de vivir intrínsecamente destructiva, que no se trata de volver a construir o a acelerar la economía para recuperar nuestra capacidad adquisitiva, sino de tener valor, mirar a la enfermedad a los ojos y proponer soluciones para la raíz del problema, sin quedarnos en la superficie, aunque duela y de mucho miedo. No consigo imaginar otro camino.

Raúl Alonso Estébanez.

Si en algo nos caracterizamos los humanos es en nuestra pésima capacidad para predecir el futuro… que se lo digan a la crisis. Pero, dicho eso, no todo es indefinición.

La UNEP produjo en 2007 el informe GEO4, siguiendo el camino iniciado por Our common future. Es este un documento muy útil para imaginar los giros de nuestro camino como especie, permitiendo comparar cuatro escenarios futuros razonablemente posibles y su evolución hasta 2050.

Cada uno de ellos fue nombrado en función de sus prioridades, ya tuvieran en cuenta “los mercados primero”, “las políticas primero”, “la seguridad primero”, o “la sostenibilidad primero”, poniendo conciencia en las posibles consecuencias de nuestras elecciones presentes en cuanto a modelo de vida, convirtiéndose en un primer paso para separar la paja del grano en un asunto tan complejo.

Las conclusiones sobre el escenario en que prima la seguridad -entendida aquí como acumulación de policía y muros- me resultaron especialmente sorprendentes, porque hasta encontrarme con este documento no había reparado en la importancia de sus implicaciones en la economía, la ecología o la política. Esa preocupación se ha convertido hoy en una de nuestras principales actividades dentro de INTERURBANO, desde una perspectiva social y participativa, no de restricción y palo.

En un mundo empequeñecido, en el que la conciencia sobre la falta de recursos crece exponencialmente, el planteamiento de las estrategias futuras de supervivencia se puede dividir en dos troncos principales, la competición darwinista o la colaboración de la manada global. La vida animal lleva milenios sobreviviendo con el primero, por lo que no seré yo quien lo deje al margen como posibilidad vencedora, sin olvidar que la segunda opción no es menos fuerte.

En este sentido, incluso aceptando la muy dudosa premisa de que somos el “culmen de la creación”, y que por tanto, tenemos “derecho a hacer y deshacer”, debemos rendirnos a la evidencia de que ese privilegio acarrea irremisiblemente importantes deberes, como el de desarrollar la capacidad de gestión equilibrada de eso que supuestamente tenemos derecho a manipular.

Hemos sido capaces de “dominar” el mundo trabajando en grupo, gracias a nuestro sofisticado grado de organización, entendiendo que hoy para sobrevivir es mejor estrategia dialogar que matar. Esta sociable evolución –somos la generación más pacífica de la historia, aunque parezca lo contrario- ha sido relativamente sencilla mientras los recursos han sido considerados infinitos, pero ese sueño terminó y hoy es necesario elegir, o todo para mí, o lo comparto con mi hermano.

Está por demostrar cual de las dos opciones nos da más probabilidades de sobrevivir, pero ha llegado el momento de madurar como especie y no sólo decidir en función de la supervivencia, sino de la vivencia. Con la primera opción los logros sociales que han hecho posible el florecimiento de la cultura, las artes, la empatía… – esas cosas que nos hacen humanos-, se irán al retrete –atendiendo a los datos del informe-, siendo más fáciles de mantener con la segunda opción.

Los escenarios en los que prima el instinto individual de supervivencia, como el de la seguridad -principalmente- y el de la economía, se llevan la peor nota en emisiones, gasto de energía y desigualdad.

En cambio, en los dos escenarios en los que prima la organización social como motor, es decir, las políticas primero, y la sostenibilidad primero, los niveles de emisiones, gasto de energía y desigualdad –índice Gini- disminuyen, principalmente en el segundo, manteniendo aceptables niveles de capacidad económica.

Sólo son predicciones, pero una vez analizadas resultan razonables sus conclusiones. El colapso económico que estamos viviendo ha sido… es, una excusa inmejorable para sentarse y reflexionar profundamente sobre el futuro, evitando tomar decisiones cortoplacistas y politizadas para crear pan para hoy y hambre para mañana.

Toca ahora toca dar el primer paso de gigante, elegir el incierto camino que nos guíe en el futuro, y todos y cada uno tenemos mucho que decir.

Posted by: Raúl Alonso Estébanez

Habla Richard Sennett en su libro “El Artesano”  sobre la lección de la fuerza mínima, por la que la mano del cocinero experto debe tener tan en cuenta la presión que ejerce sobre el cuchillo como el momento para dejar de hacerlo.

El cuchillo y el resto de tecnologías tienen mucho que ver en nuestras cualidades actuales como seres humanos, convirtiéndose a la vez en herramienta y peligro potencial. Paradójicamente, para tener un control efectivo sobre las consecuencias de su uso y dejar de chirriar contra la corriente de lo que nos rodea, parece inevitable hacer un esfuerzo por soltar, por dejarnos llevar por su flujo para sentir y comprender en profundidad sus claves, y evitar convertirnos en la silla de la nave de Jodie Foster en la película “Contact”.

Wang Shu, Premio Prizker 2012, trabaja en esta línea, buscando dotar a sus obras de una frecuencia vital que las permita vibrar en armonía con su entorno. Y lo intenta con acciones que sentimos muy cerca en “interurbano“, como la utilización de materiales naturales, reutilizados o reciclados, o la introducción de las pistas que da la arquitectura vernácula para la convivencia pacífica con la naturaleza, o el uso de criterios bioclimáticos, o la participación de la ciudadanía en decisiones de proyecto, o en la elección del nombre de su estudio, “amateur”, que deja entrever la perspectiva del que sabe que siempre tendrá algo que aprender.

Otro ejemplo similar y cercano –ha sido uno de los jurados que han otorgado el premio a Wang Shu- es Alejandro Aravena y su estudio “elemental”, que también habla de soltar en obras como las viviendas de Quinta Monroy, permitiendo acceder a la definición del proyecto a la fuerza natural y caótica que somos los humanos que vivimos en ellas.

Incluso un estudio como el de los hermanos Aires Mateus, en el que prima un alto nivel de control sobre el proyecto por encima de cualquier criterio de sostenibilidad, explicaba el mes pasado en la escuela del ie en Segovia que se están empezando a soltar introduciendo poco a poco la variable imprevisible del paso del tiempo, del envejecimiento de los materiales naturales, de la omnipresente entropía. Un pequeño paso para el hombre…

Y fuera de la pequeña isla de la arquitectura… de soltar habla Gene Sharp, ese filósofo que desde su oficina ha sabido crear armas no violentas capaces de derribar colosos que no quieren soltar… de soltar habla el viento… de soltar habla la intuición, que tan bien retrata Punset en sus programas… de soltar me habla un amigo lelo y dilentante… de soltar hablan los sueños… de soltar no siempre habla la arquitectura moderna, tan obsesionada con el control hasta el último detalle de su engañoso menos es más… de soltar habla puntogordo… de soltar habla Zigmunt Bauman y las fronteras que se desparraman entre los dedos de la modernidad líquida… de soltar habla José Manuel Naredo, con su economía para todos… de soltar habla el mismísimo Ferrán Adriá cuando vuelca su conocimiento para revolucionar la cocina… de soltar habla Creative Commons… de soltar habla el nuevo mundo de Internet y las T.I.C… de soltar habla Gurdjieff y Naranjo, con su psicología de los eneatipos… de soltar habla la entropía… de soltar y de la imposibilidad de controlarlo todo cantó Aaron Thomas el viernes pasado en el Conde Duque… de soltar habla Matthieu Ricard, ese nexo tan curioso entre espiritualidad y ciencia, entre budismo y genética molecular, que nos demuestra en cada aparición que la felicidad se puede trabajar… soltando…

Posted by… Raúl Alonso Estébanez

Hace poco tiempo que he descubierto que es muy probable que muchas de las acciones que realizamos diariamente y que definen nuestra personalidad no son elegidas libremente por nosotros, sino por mecanismos desarrollados inconscientemente en nuestras primeras etapas de vida para sobrevivir, creando una invisible estructura de mando que nos dirige aplicando fórmulas que si bien fueron efectivas en su momento (seguimos vivos), hoy han quedado obsoletas. Esta estrategia difusa puede llegar a convertirse en cárcel, impidiéndonos vivir libremente salvo que hagamos un esfuerzo por reconocerla y mirarla a los ojos, enfrentándonos a ella con valor.

De la misma manera, estrategias creadas para sobrevivir y “mejorar”, como las del racionalismo liberal, que pretendían romper las antiguas cadenas basadas en el linaje y  la superstición, o como el racionalismo arquitectónico, que dio un importante paso en el despegue de la arquitectura hacia nuevas formas de expresión, o la Constitución Española, eficaz cimiento sobre el que construir más de treinta años de convivencia tras una dictadura, o la propia estructura del Estado del Bienestar, se han acabado convirtiendo en jaulas de hierro -Weber-, hormigón o asfalto.

Un elemento que aglutina a todos ellos es su director de orquesta, la razón. Paradójicamente, ha sido ella misma, con sus descubrimientos científicos, la que se ha puesto en evidencia, apoyando con datos empíricos la idea de que brújulas como la intuición son tanto o más fiables que la racionalidad, recuperando del baúl del olvido de Occidente tradiciones que entienden al ser como una interconexión equilibrada entre cuerpo, mente, emociones e instintos.

Viendo el documental ¿Qué tienes debajo del sombrero?, siento que la fuerza de las composiciones de artistas con discapacidades físicas o mentales como  Judith Scott, Donald Mitchel o Dan Miller, entre otros integrantes del llamado arte outsider, desarrolladas gracias a la institución Creative Growth, es pura, verdadera, sin artificios, libre de la influencia atenazadora de una “realidad” a la que no tienen acceso de una manera “normal”. Siento que el proceso artístico, arquitectónico, económico y social de los últimos años tiene mucho que ver con la razón, con el número como gran protagonista, y poco con el estómago, con las intuiciones, con las emociones, siento que es una gran metáfora de lo que está pasando a mi alrededor, siento que esa razón no es ni mucho menos negativa, pero sí insuficiente, coja.

Siento más que nunca que es necesario redefinir, sin rencores, las estrategias para enfrentarnos a la vida dentro de un mundo globalizado, que son necesarias nuevas economías que devuelvan la dignidad a las personas y no sólo a los números, que deben aparecer arquitecturas que repiensen su relación con el entorno, interno y externo, cercano o lejano, y nuevas maneras de entendernos a nosotros mismos y a nuestras sociedades, asumiendo que la interconexión entre conceptos considerados tradicionalmente como parte de la espiritualidad o de la mística, con otros considerados más racionales y físicos, es hoy demostrable en muchos casos… Siento que no tengo claro que sea posible -la cosa está fea-, y por supuesto no tengo la solución -aunque acompañado de algún café o alguna cerveza haya soñado tenerla-, pero siento, pienso e intuyo que no nos queda otra que intentarlo, y que son tantos los datos de todo tipo que en esa dirección apuntan que no acabo de comprender a qué estamos esperando.

Raúl Alonso Estébanez 

publicidad y sostenibilidad

Tengo un buen amigo que siempre dice que las incoherencias hay que cultivarlas. Mientras sigo dándole vueltas, no puedo evitar sentir que ese juego no es tan válido cuando se trata con cuestiones primarias.

No sé si en la época en que el ColaCao era el desayuno y merienda ideal ocurría lo mismo, pero hoy la publicidad se ha especializado en desarrollar su juego en torno a ese límite difuso de lo ético, apropiándose de conceptos y sentimientos de manera en algún caso dudosa.

Es la publicidad una disciplina que siempre me ha atraído por su dificultad para transmitir un mensaje inteligente y efectivo en una frase, una imagen, ó 20 segundos, pero empecé a dudar de la legitimidad de sus medios cuando se puso de moda un tipo de anuncio de gran belleza y cuidada puesta en escena, creador de ambientes agradables, acogedores, casi espirituales, que le transportaban a uno a un mundo soñado del que bajaba, como tirado por una soga de esparto, en el momento en que aparecía, siempre escondido hasta el final, un producto que nunca estaba a la altura de las sensaciones evocadas.

La utilización de apetitosos escenarios de otros mundos que poco o nada tienen que ver con el producto vendido es el escalón anterior a la apropiación de conceptos y sentimientos abiertamente enfrentados al producto a vender.

Es una verdad de Perogrullo decir que no es ni lejanamente más ecológico recorrer más kilómetros por el simple hecho de comprarse un coche que gasta menos, pero eso no ha impedido que nos hayamos hartado de recibir el mensaje de que esa acción ayudará a “salvar” un planeta que, por otra parte, seguirá existiendo aunque la raza humana desaparezca.

Más sutiles y no menos osados son los mensajes a cerca de productos bancarios que nos ofrecen desaprender como medio para seguir adelante sin cambiar nada, tras una trabajada imagen de hombre actual y desaliñado, cuando ese concepto está siendo utilizado por no pocos pensadores de todos los colores para tratar, precisamente, la necesidad vital de repensar el sistema económico que sustenta a dicho banco.

Otros ejemplos, dentro del mismo gremio, trabajan con la evocación de la fraternidad, el diálogo y la cercanía, cuando la realidad -es un hecho, no una crítica- es que de la manera en que hoy se trabaja en empresas y bancos, el beneficio es el rey por encima de todo y de todos.

Por gracia o por desgracia, la sostenibilidad -una de esas cuestiones primarias de las que hablaba al principio- está de moda, y eso la ha convertido en objetivo publicitario, dejándola expuesta a esas apropiaciones indebidas y su capacidad para retorcer y velar la realidad con rutilantes envoltorios y machaconas repeticiones.

Imagen: Iberdrola

Posted by: Raúl Alonso Estébanez

En las últimas semanas nos hemos hartado de escuchar opiniones sobre la necesidad, o no, de colocar un techo de gasto para evitar que nuestros gobernantes puedan dejarnos a casi todos en bancarrota. No deja de ser paradójico que sea un término tan arquitectónico el que –al menos en España-, intente poner fin a los desmanes ocurridos a la sombra del ladrillo.

Para unos es básico limitar el poder del Estado que comprime las libertades personales –mejor un techo, y bien bajo-, y para otros no es menos primordial que el “Aparato” mantenga todas sus herramientas intactas para proteger a los humanos de ellos mismos –mejor un patio-.

Es la enésima escenificación de la discusión sobre el tamaño del Estado, de la jaula de hierro de Weber, del contrato social de Hobbes.

A mí personalmente me importa un bledo que se “construya” o no ese techo, y no porque no tenga una opinión al respecto, o porque no me importen sus implicaciones, sino porque considero que no servirá de nada mientras no se ataque la raíz del problema, las personas.

Siempre ha habido quien se ha aprovechado –y quien no- de las situaciones, activamente en los sistemas más neo-liberales, comiendo para no ser comidos, y con pasividad en los sistemas más sociales y comunitarios, dejándose llevar en una plácida nube de protección.

A riesgo de repetirme, si las personas no responden, el sistema, sea el que sea, tampoco. Está por ver si seremos capaces de conseguir el difícil equilibrio de Nietzsche entre lo que consideramos razonable y nuestras incontrolables pulsiones internas, pero nuestras sociedades hace tiempo que salieron del “estado de Naturaleza” y puede que en esta mayoría de edad no sea ya válido esconderse detrás de la afirmación de que los humanos “somos así”.

Aunque como bien dijo Durkheim, el entorno en el que se nace influye notablemente en la persona, no lo es menos que la acción social diaria también, y ahí la educación tiene mucho que decir.

Los avances en los estudios sobre educación como los llevados a cabo por Ken Robinson en la Universidad de Londres, confirman que otro tipo de educación nos ayuda a tener mayor grado de altruismo y creatividad, en contraposición a la actual, pensada en términos de productividad y competitividad.

 Si lo asociamos a la investigación realizada durante más de 30 años por James Fowler en la Universidad de San Diego sobre la influencia del entorno social, o los increíbles descubrimientos llevados a cabo en Siberia sobre la transmisión intergeneracional de rasgos de personalidad agresiva o pacífica en zorros y ratas, empieza a ser poco razonable hablar de que “somos así”, ya que evolucionamos con rapidez y parece que tenemos algo que decidir en la línea a seguir, la de lobos agresivos que necesitan ser controlados tras los barrotes de una jaula imaginaria, o la seres más altruistas, conscientes de que el bienestar ajeno aumenta el propio.

Imagen: Monte Wolverton, Cagle Cartoons 

Posted by: Raúl Alonso Estébanez

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